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El origen de los mercados se remonta hace siglos, al origen de las ciudades, pueblos y núcleos de población, cuando los ciudadanos, situados lejos de las zonas agrícolas, no podían desplazarse hasta ellas para conseguir los productos frescos. De aquí, nace la necesidad de que comerciantes y agricultores acerquen el producto a la población.

Al igual que sucede con las típicas ferias medievales, los zocos musulmanes o los bazares, antiguamente el mercado de abastos era al aire libre y tenía lugar una o dos veces por semana, no a diario.

El aumento demográfico y comercial, así como la necesidad de proteger los alimentos de las inclemencias del tiempo, hizo que los mercados pasaran a localizarse en grandes edificios municipales o rehabilitar antiguos edificios religiosos para afrontar una mayor demanda y oferta de producto.


Hoy en día, estos mercados son parte del paisaje de toda ciudad y pueblo a nivel global, y además de una gran oferta de producto fresco, su organización y sus controles de calidad están garantizados.

Actualmente, a pesar del cambio en los hábitos de compra ciudadana, los mercados tradicionales siguen siendo uno de los puntos de encuentro de la vida cotidiana, y afrontan numerosas remodelaciones para adaptarse a las nuevas formas de distribución comercial.

Parte de su atractivo principal suelen ser la remodelación de sus instalaciones, aunando muchas veces mercado tradicional y gastronómico, lo que los convierte en punto de referencia para locales y turistas, por su amplia variedad de productos de calidad y como lugar de visita obligatoria.

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